jueves, 17 de septiembre de 2009

¿Lishmania?

Esta vez aparecen muchos escenarios, y el primero es mi casa.
Insisto a mi madre una y otra vez en que quiero un conejo para que me haga compañía en el piso de Sevilla. Ella me mira y extrañada, me dice que ya me compraron uno. Se agacha y saca de debajo del sofá una coneja enormemente gorda y me la pone en los brazos. Yo, por supuesto, no puedo pedir más, y feliz de la vida me voy a jugar con ella.
De repente aparezco en el piso. No en el de Sevilla, en mi piso de Villalba. Mi piso. Nunca sueño nada seguido en esta casa.
En el piso estoy jugando con la coneja cuando se tira por la azotea y cae en el patio de mi abuelo. Muy preocupada, bajo las escaleras corriendo y allí me encuentro con que la conejita, que de pronto se ha hecho más pequeña, tiene hemorragias internas y empieza a tener convulsiones. La toco y en ese momento se muere.
Salgo de casa y aparezco en un descampado que hay que cruzar para llegar a la universidad de Roehampton (no existe tal sitio, pero en alguna parte tiene que estar, porque aún recuerdo las plantas secas y mal cuidadas que había en aquel descampado de mi sueño). Allí me encuentro a Agathe, una francesa con la que apenas intercambié un par de frases cuando estuve en Londres. Sin embargo allí estaba. Cuando me acerco a ella, empieza a gritar como una loca y a arrancarse el vestido de noche azul que llevaba. Yo me asusto y me voy a la residencia.
Cuando vuelvo al descampado al otro día, me encuentro a Agathe tendida en el suelo y, al fijarme, veo que le faltan los dedos de las manos y los brazos ya no son más que piel pegada a los huesos.
En ese momento me asusto muchísimo, no sé qué hacer, me giro y veo que viene corriendo una de las profesoras de Roehampton. Cuando se acerca me doy cuenta de que a ella no solo le faltan los dedos, sino que ya no tiene manos ni siquiera, y los brazos los tenía como Agathe.
La profesora me dice que una enfermedad llamada Lishmania nos consume empezando por los dedos y acaba con nosotros. Dice que además de eso, se sufren trastornos bipolares y que todos estamos contagiados. En ese momento, me miro las manos y veo cómo, efectivamente, se me han deshecho ya las primeras falanges de los dedos.
Entonces es cuando aparece Toni. La profesora dice que viviremos todos en una casa para no contagiar a nadie más, y allí nos encerraremos hasta que muramos. Yo miro a Toni con desconsolación pidiendo una solución que no fuera ese y para mi desconcierto, Toni me sonríe y dice que así ya podremos vivir juntos, ¿qué más queremos? Que a él le da igual morir.
Pero eso no puede ser verdad, yo grito y grito y sé que lo hice mientras dormía. Lloré muchísimo y sentía una sensación de ahogo en el pecho que no sé cómo no me hizo despertarme.
Le grité que yo no quería morir, no podía morir, yo tenía mucho que hacer todavía, ¡muchísimo! ¡Tenía que hacer el amor muchas más veces!
Aún así, nadie me escucha y me arrastran a la casa. Por suerte, antes de llegar, se acerca un equipo de salvamento que nos coge y nos mete a todos en una furgoneta. Esta era enorme, y dentro estaba todo lleno de ataúdes verticales destapados. Nos meten a cada uno en uno y nos amarran dentro. Yo consigo desatarme el cuello y al fin puedo girar la cabeza, es entonces cuando veo que a mi derecha hay un ataúd doble compartido por Toni y una chica a la que besa con pasión.
Me quedo sin palabras cuando veo aquello y le pido explicaciones, a lo que él responde que está cansado de mí, que siempre estoy enfadada, que él sólo tiene diecinueve años y no tiene por qué aguantarme.
Y vuelvo a llorar. Muchísimo. Y lloro de verdad, dentro y fuera del sueño.
Al llegar, los ingresan a todos en el hospital menos a mí. El hospital está al lado del Luz y Mar, el edificio donde veraneaba con mis padres y mis hermanos. Así que corro escaleras arriba hasta el 4D, donde encuentro a mis padres y les cuento lo que ha pasado. Ellos casi ni me miran.
Intento contactar con la madre de Toni para contárselo, pero ella no me coge el móvil. Toni tampoco.
Desesperada, bajo al césped y me encuentro a mi hermano. Pero no al niño de diez años que vive conmigo, sino al pequeño de tres años con el que siempre sueño cada vez que mi hermano aparece en mis sueños. Está jugando con Toni a los Gormiti, y me acerco a ellos.
Le doy un beso a mi hermano y le pregunto a Toni si sigue enfadado conmigo. Él dice que sí, que nunca meriendo, ¿cómo no va a estar enfadado? "Me refiero a lo de antes. ¿Aún quieres dejarme e irte con la otra?" le pregunto. Y él me contesta que no, que eso pasó por el trastorno bipolar que ocasionaba la Lishmania. Que él ya está curado.

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